jueves, 29 de octubre de 2009

Si el corazón pensara, de Antonio Rodríguez Almodóvar

Del autor hemos hablado con frecuencia en este blog. Ahora nos presenta su novela Si el corazón pensara, ambientada en esa época gris y represiva en la que nos vimos atrapados en nuestra reciente historia. El libro acaba de llegar a nuestras manos, lo leeremos convencidos, por el carácter y capacidad del autor, de que intente y consiga poner a pensar a nuestros corazones.
En palabras de Julio de la Rosa, la obra es "una bomba de relojería resbaladiza para el lector". Del mismo modo, comentó que la obra gira alrededor de "un personaje demoníaco", explicando que es "como si Quevedo y Valle Inclán, borrachos, en un Madrid galdosiano intentarán ver en un espejo cóncavo los años del hambre". En definitiva, concluyó que la novela es "un desafío para el lector" (Europa Press).
En Alianza nos cuentan de la obra: Villanueva de las Águilas va atravesando los años grises de la posguerra entre las novenas de las beatas y la represión de los vencedores. En este pueblo sevillano Currito Domínguez vive con sus hermanas de las rentas familiares y de una tienda de ultramarinos beneficiaria del estraperlo. Su rutina vital se ve interrumpida cuando llega a sus oídos que Rosa, la Culona, quien le enseñó las primeras letras, ejerce de prostituta. Curro no puede aceptarlo y decide redimirla, para lo que contará con el coadjutor de la parroquia, las autoridades locales y un número de la Guardia Civil a quien se encomienda investigar qué pasa en el prostíbulo. El agente elabora un informe detallado de las «actividades» y clientes que frecuentan la mancebía, que va pasando de mano en mano hasta llegar al gobernador civil. Las intenciones de Currito se verán trastocadas cuando dicho informe se mezcla con los expedientes destinados a su publicación en el Boletín Oficial de la Provincia. Si el corazón pensara no es una novela más de las que apuestan por la recuperación de la memoria histórica. Gracias a una prosa inusualmente rica, se adentra en los territorios de la sátira, la farsa y la tragicomedia, con la que va poniendo de relieve, a más de la crueldad, la espantosa vulgaridad del franquismo. El dominio de la tensión narrativa por parte de A. R. Almodóvar, capaz de convertir una peripecia insólita en una trama de alta tensión político-social (el caso llegará al temible cardenal Segura y al mismísimo Caudillo), hará que el lector experimente las emociones más extremas, entre la risa y el escalofrío, lo grotesco y lo sublime. Una fuerte dosis de erotismo libertario será el ingrediente secreto que acabará de armar este retablo de la injusticia, la rebeldía y la muerte, en aquella brutal reedición de la España de charanga y pandereta.
Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1941), es autor de una veintena de libros, entre ellos numerosos cuentos y relatos infantiles y juveniles. También es novelista, poeta, guionista de televisión y autor dramático. Ahora nos ofrece una nueva novela, editada en la prestigiosa Alianza Editorial.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Trama & Texturas nº9

Revista trama & TEXTURAS

Manuel Ortuño y Jose Mª Barandiarán (eds.). Precio: 11,54 €

Sumario:

01_Retacada Editorial
02_Carambola: Siempre que estoy a punto de publicar un libro, Mark Twain
03_Resbalamiento:
Esta cultura en esta crisis, Pedro A. Vives
Bienvenida la crisis, Guillermo Schavelzon
Falsos dilemas, Alejandro Katz
Tres crisis en una: el periodista cultural (y 2), Esteban Hernández
De cómo la digitalización ayudará al sector editorial a llegar al territorio del gran consumo, Ana Rubín y Felipe Romero
La edición académica: de texto a libro, Federico Ibáñez Soler
04_Cuadraje: El paseo de la Consolación, Íñigo García Ureta
05_Recorte:
Un “thriller” en diez capítulos, Robert McCrum
Ser libro, Adolfo García Ortega
El verdadero avatar del libro electrónico, Javier Candeira
06_Cabaña: Libros y blogs

jueves, 8 de octubre de 2009

Saramago bloguero según Umberto Eco

Curioso personaje este Saramago. Tiene 87 años y (según dice) algunos achaques, ha ganado el premio Nobel, distinción que le permitiría no volver a producir nada porque, total, en el Panteón va a entrar en cualquier caso (el muy tacaño Harold Bloom lo ha definido como "el novelista más dotado de talento de los que siguen con vida... uno de los últimos titanes de un género en vías de extinción"), y le vemos escribiendo un blog en el que la toma con todo el mundo en general, atrayéndose polémicas y excomuniones de muchos sitios -a menudo no porque diga cosas que no deba decir, sino porque no pierde el tiempo en medir sus términos- y tal vez lo haga a propósito.

Pero ¿precisamente él? ¿Él, que cuida la puntuación hasta el extremo de hacer que desaparezca, que en su crítica moral y social no afronta jamás los problemas de frente sino que los rodea poéticamente bajo las formas de lo fantástico y lo alegórico, de modo que su lector debe poner algo de su parte para entender adónde quiere ir a parar; él, que -como en su Ceguera- hace que el lector viaje en una niebla láctea en la que ni siquiera los nombres propios, en los que tan parco es, dan una señal claramente reconocible; él, que en Ensayo sobre la lucidez efectúa una decidida elección política basándose en enigmáticas papeletas blancas? ¿Y este escritor fantasioso y metafórico viene a decirnos que Bush es de "una ignorancia abismal, de una expresión verbal confusa perennemente atraída por la irresistible tentación del puro despropósito", un cowboy que ha confundido el mundo con una manada de bueyes, un robot mal programado que confunde constantemente los mensajes que ha grabado en su interior, un mentiroso compulsivo, corifeo de todos los demás mentirosos que le han aplaudido y servido en los últimos años? ¿Y es este delicado tejedor de parábolas el que emplea palabras que no dejan lugar a la duda cuando define al propietario de la editorial que lo publica en Italia? ¿Y es ese ateo manifiesto, para quien Dios es "el silencio del universo y el hombre el grito que da sentido a ese silencio", el que saca otra vez a escena a Dios con tal de preguntarse qué pensará de Ratzinger? ¿Y quien, militante comunista (tenazmente aún), no duda en gritar que "la izquierda no tiene ni la más mísera idea del mundo en el que vive"? ¿Y quien se arriesga a una acusación de antisemitismo por haber criticado la política del Gobierno de Israel, olvidándose sin más, al sentirse tan airadamente partícipe en las desventuras palestinas, de recordar que no falta quien niegue el derecho a la existencia de Israel? Nadie tiene en cuenta, sin embargo, que cuando habla de Israel Saramago está pensando en Yahvé, "dios rencoroso y feroz", y en tal sentido no resulta más antisemita que anticristiano, dado que para cada religión intenta arreglar sus propias cuentas con Dios -que se llame como se llame en los distintos idiomas, le cae rematadamente mal-. Y que a uno le caiga mal Dios es sin duda motivo de ira furibunda contra todos aquellos que de él se sirven como escudo.

Si tuviera siempre en cuenta los pros y los contras, Saramago sabría también que hay maneras y maneras incluso en la invectiva. Cito (de memoria) a Borges que citaba (de memoria tal vez) al doctor Johnson que citaba el caso de un fulano que insultaba de esta manera a su adversario: "Señor, vuestra esposa, con el pretexto de que regenta un burdel, vende telas de contrabando". Saramago, por el contrario, no se anda con tantos cumplidos, es decir, dejándose de rodeos, en su actividad de comentarista cotidiano de la realidad que le circunda se toma la revancha de toda la vaguedad oblicua de sus fabulaciones.

Se ha hablado del ateísmo militante de Saramago. En efecto, sus polémicas no se dirigen contra Dios: una vez admitido que su "eternidad es sólo la de un eterno no ser", Saramago podría haberse quedado tranquilo. Su hastío se dirige contra las religiones (y por esa razón le atacan desde distintos frentes: negar a Dios es algo que se le concede a todo el mundo, polemizar con las religiones pone en discusión las estructuras sociales). En una ocasión, estimulado por una de las intervenciones antirreligiosas de Saramago, reflexioné sobre la célebre definición marxista según la cual la religión es el opio del pueblo. ¿Sería verdad que todas las religiones poseen esa virtus(La Repubblica, 20 de septiembre de 2001). adormecedora? Saramago ha azotado a las religiones como germen de conflictos: "Las religiones, todas sin excepción, no servirán nunca para acercar y reconciliar a los hombres; todo lo contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de una monstruosa violencia física y espiritual que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la mísera historia humana"

Saramago concluía en otra parte que "si todos fuéramos ateos, viviríamos en una sociedad más pacífica". No estoy seguro de que tenga razón, y parece como si indirectamente le hubiera contestado el papa Ratzinger en su encíclica Spe salvi, donde decía que es el ateísmo de los siglos XIX y XX el que ha provocado que "de tales premisas se hayan derivado las mayores crueldades y violaciones de la justicia".

Tal vez estuviera pensando Ratzinger en gente descreída como Lenin y Stalin, pero se olvidaba de que en las banderas nazis aparecía escrito Gott mit uns (que significa "Dios está con nosotros"), que falanges de capellanes militares bendecían los gallardetes fascistas, que se inspiraba en principios religiosísimos y se apoyaba en los Guerrilleros de Cristo Rey un culpable de tantas masacres como Francisco Franco, que religiosísimos eran los vendeanos en su lucha contra los republicanos, que católicos y protestantes se han masacrado alegremente durante años y años, que tanto los cruzados como sus enemigos estaban impulsados por motivos religiosos, que por razones religiosas se han encendido muchas hogueras, que religiosísimos son los fundamentalistas musulmanes, los terroristas de las Torres Gemelas, Osama y los talibanes, que son razones religiosas las que oponen a la India y Pakistán, y, para terminar, que fue al grito de God bless America como Bush invadió Irak.

Por todo ello se me ocurre la reflexión de que si tal vez la religión en ocasiones es o ha sido el opio del pueblo, más a menudo ha sido su cocaína. Creo que ésa es también la opinión de Saramago.

Escribo este prólogo porque creo tener una experiencia en común con el amigo Saramago, que es la de escribir libros (por un lado) y tener a mi cargo (por otro) una columna de crítica de costumbres en un semanario. Al ser este segundo tipo de escritura más claro y divulgativo que el primero, son muchos quienes me preguntan si lo que hago es trasvasar a esas breves piezas periodísticas reflexiones más ampliamente desarrolladas en los libros mayores. Qué va, contesto, es la reacción irritada, el impulso que lleva a la sátira, la estocada crítica escrita al hilo de la actualidad lo que proporciona más adelante el material para una reflexión ensayística o narrativa más extensa. Es la escritura cotidiana la que inspira las obras de mayor empeño, y no al contrario.

Y por eso yo diría que en sus breves escritos Saramago sigue alimentando su experiencia del mundo tal como desgraciadamente es, para revisarlo posteriormente con más serena distancia sub specie de moralidad poética. Y además, ¿realmente se muestra siempre tan airado este maestro de la filípica y de la catilinaria? Me da la impresión de que junto a la gente a la que odia está también la gente a la que ama, y así hallamos piezas afectuosas dedicadas a Pessoa (no es uno portugués en vano), o a Amado, a Fuentes, a Federico Mayor, a Chico Buarque de Hollanda, que nos demuestran lo poco envidioso que es este escritor y cómo sabe trazar de todos ellos delicadas y tiernas miniaturas.

Por no hablar de cuando el análisis de la actualidad roza temas (y aquí estamos de vuelta a los mayores asuntos de su narrativa) como los grandes problemas metafísicos, la realidad y la apariencia, la naturaleza de la esperanza, cómo son las cosas cuando no las estamos mirando. Y vuelve a escena el Saramago filósofo-narrador, ya no irritado sino meditabundo, e inseguro. Con todo, no nos disgusta tampoco cuando se enfurece. Resulta de lo más simpático.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La Mediateca de Casa Árabe

Hace algunos meses tuvieron la gentileza en Casa Árabe, en Madrid, de mostrarme sus formidables instalaciones junto al Retiro. Me gustó la mediateca que proyectaban poner en marcha, con un concepto avanzado y moderno de contenidos y soportes. Ahora recibo la siguiente comunicación de inauguración:

Con motivo de la inauguración de su Mediateca, Casa Árabe organiza este Seminario Internacional, que tiene por objetivo plantear una reflexión multidisciplinar sobre la utilidad de las mediatecas como nuevos espacios de comunicación y creación en una era en que la imagen e internet rompen fronteras, establecen nuevas formas de interculturalidad y diversifican las posibilidades de creación. Expertos internacionales debatirán sobre estos temas a lo largo de tres mesas redondas que tendrán lugar los días 14 y 15 de octubre en Madrid.

La entrada al seminario solo es posible previa inscripción, que puede realizarse desde el 1 de octubre en el correo electrónico mediateca@casaarabe-ieam.es.

Consultar el programa aquí.

lunes, 5 de octubre de 2009

El oficio de Librero

Vía Libreros, blog de Roger Michelena, encontramos este interesante texto de Miguel Dalmaroni. A veces se debate sobre la inevitable desaparición de un modelo determinado de librerías, sobre tamaños, fondos y especialidades. Por encima de esto el texto de Dalmaroni se centra en la valoración del oficio de librero:

Es difícil contar como verídico algo como lo que sigue, sin humillar a un prójimo anónimo pero existente, sin parecer pedante y sin sonar nostálgico (o, peor, reaccionario): en las últimas semanas pregunté en alguna que otra librería de la ciudad, de esas que pertenecen a las consabidas cadenas multinacionales y que venden también discos compactos y películas, si tenían algo de Samuel Beckett. Me refería (como debería saberse) a uno de los narradores y dramaturgos más célebres del siglo XX, que además de activista clandestino de la Resistencia antinazi y asistente de James Joyce, fue Premio Nobel de Literatura en 1969. Los voluntariosos chicos que me atendieron se vieron obligados a pedirme que les deletreara el apellido, pero no como quién dice "¿cómo era que se escribía Beckett?", sino como quien dice "¿Bécquer?" porque cree recordar que, de ese, de ese sí recuerda -o sospecha recordar- de quién se trata. De Godot en el ángulo obscuro...

Si el comentario y la crítica de libros son géneros en desuso, uno no debería sorprenderse de que la profesión de librero también se encuentre en vías de extinción. El librero aún no del todo extinto -lector compulsivo y profesional a la vez- es una subespecie del crítico literario, o mejor: una mezcla de crítico con editor. Pero su oficio es mucho más riesgoso que el de éstos: no sólo debe convencernos de que a su juicio un libro es bueno para que lo compremos y lo leamos. Debe hacerlo de tal modo que -como un novio, un criminal o un cartero- volvamos, volvamos indefectiblemente, y volvamos por más (y, por tanto, debe evitar que volvamos con reclamos en lugar de satisfacciones).

El librero debe saber recomendar no sólo lo que le guste o quiera vender, sino lo que su cliente necesite o esté buscando: es no sólo un experto en libros sino, a la vez, en lectores. Pero al mismo tiempo, los buenos libreros saben negociar paulatina y taimadamente con las ignorancias y los candores de sus clientes menos sofisticados: son, a su manera, formadores del gusto y también, con menos pretensiones, de lo que antes se llamaba "cultura general" de las personas. Recomendar lo que necesite su cliente significa, para un buen librero, saber que hay libros que las editoriales necesitan vender pero nadie necesita leer. Por eso, por supuesto, para mí es evidente que el librero es un enemigo del mercado editorial globalizado, un mercado que apenas necesita lectores y acaricia en sueños la pesadilla imposible de un mundo repleto de compradores de libros pero vacío de lectores (un mundo de consumidores de libros idénticos al personaje que componía el pistolero Charlton Heston en The Naked Jungle, doblada como Cuando ruge la marabunta: un despiadado propietario colonialista que para terminar de decorar la residencia campestre desde donde dominaba plantaciones y servidumbres sudamericanas, había mandado comprar varias decenas de kilos de libros que, por supuesto, jamás leería).

El librero es una especie en extinción por muchas razones, pero una de ellas es sin dudas que a los accionistas de las grandes editoriales (que son apenas parte, además, de emporios de negocios de lo más diversos) les viene como anillo al dedo que los libreros se extingan. Se los reemplaza por publicistas como a los reseñistas de libros por listas de los títulos más vendidos.

Quienes encontramos en la lectura una perturbadora e irreprimible forma de la dicha, solemos ser deudores de más de un librero. Y no sólo por lo que nos dieron de leer, sino también por todo lo que -con buenas razones- evitaron que leyésemos. En mi caso, tengo en la ciudad acreedores ilustres en ese gremio: Perla Zagalski, Jorge Muiña, Jorge Boreán, entre los principales. Si alguien de entre quienes lean esta nota tiene menos de, digamos, 35 años de edad y puede agregar un nombre a esa terna, acaso no todo esté perdido. Puede que algunos de los chicos voluntariosos que atienden en las cadenas estén no aprendiendo a despachar ventas, como parece, sino a identificar y recomendar libros, a distinguir entre Jane Austen y Paul Auster, entre Beckett y Bécquer.


Miguel Dalmaroni