viernes, 31 de octubre de 2014

En las librerías siempre

En las librerías siempre

Amigos, hace años comencé el ilusionante proyecto de crear una librería en pleno centro de mi
ciudad. La librería Repiso hoy cierra, y termina esa fase de mi vida profesional. La hacen inviable una suma de motivos. Los económicos son obvios; los otros, más personales se resumen en la imposibilidad de dedicar el tiempo necesario que una librería requiere, es decir, todo el día y todos los días. Seguiré, sin embargo, dedicando mi tiempo y mi trabajo a esto de los libros, desde las organizaciones dónde ahora estoy, aportando lo que pueda y sepa en el intento de facilitar el buen trabajo de las librerías y el fomento de la lectura. Y seguiré, en cierta medida liberado, aun con mayor ánimo y dedicación.

Cuando abrí aquella librería lo hacía en el convencimiento de estar creando algo importante, y creo que en cierta medida lo conseguí, con la ayuda de buenos, y a veces inesperados compañeros de viaje. En primer lugar los propios lectores, que acudían a buscar tanto sus libros deseados como un rato de conversación, de charla, de recomendación librera. Estos nos aportaban sus opiniones sobre sus libros leídos, y nos hablaban de sus gustos, dando claves al librero para futuras recomendaciones a este u otros lectores. Así se configura en una librería ese encadenado de opiniones que crean su “red social” (física, muy física, y nada virtual) de lectores.

El contacto directo con los autores, algunos de los cuales acaban convirtiéndose en amigos, es uno de los muchos placeres de esta profesión. Compañeros de trabajo, editores, comerciales. De todo hubo, sí, pero quiero retener hoy los mejores recuerdos, y los menos buenos guardarlos en un cajón muy profundo.

En este tiempo he tenido ocasión de conocer a grandes colegas libreros, de los que intenté aprender todo lo que pude. Unos ya no están en activo; otros se mantienen con enormes esfuerzos, infatigables resistentes. Ahora, otros más jóvenes y recientes, tan ilusionados como otros lo fuimos en su día, y no menos preparados, intentan encontrar sus huecos y aportar nuevos estilos y conceptos de librería.
Es frecuente el lamento generalizado cuando una librería cierra. No me gustaría que se produjese aquí. Más bien me atrevería a pediros que transforméis ese lamento en protesta y en acción.
Transformadlo en protesta porque una sociedad que se valore debe apoyar la cultura, y en los últimos tiempos es lamentable la falta de políticas culturales y educativas ambiciosas. No, no es lo digital el problema de este sector, olvidaos de esa falacia interesada del fin del libro en papel que nos vende la industria tecnológica. El problema es otro. La escasez de apoyos efectivos a las librerías, la disminución de dotaciones para las bibliotecas, y la ausencia de políticas educativas de fomento de la lectura, han construido un panorama desolador. El libro, por suerte, quedó fuera de la agresiva subida del IVA cultural al 21%, que aleja a los ciudadanos de los hábitos y usos culturales. No sufrió el libro directamente, de acuerdo, pero cuando una persona abandona el teatro, el cine, o los museos, comienza a abandonarse él mismo, y se irá alejando también de la lectura. ¿Será que buscan convertirnos en carne de cañón de la telebasura y la estulticia?

Y sobre todo, transformad vuestro lamento en acción de una manera muy simple: visitad las librerías, porque en cada ciudad hay toda una red de librerías en las que el librero te espera, ilusionado y enamorado de su trabajo. Y leamos. Leamos para conseguir ser ciudadanos críticos a quienes sea más difícil engañar, por supuesto, pero principalmente porque leer es un gustazo, un disfrute, un momento insuperable de aprendizaje y de placer.

Por eso, amigos, seguiremos siempre viéndonos en las librerías.

Sevilla, 31 de octubre de 2014

(PD: Con esta entrada este blog recibe su punto y aparte. El tiempo dirá si se convierte en definitivo punto final, lo que es seguro es que nos seguiremos encontrando en este u otro espacio. Hasta pronto)

Javier López Yáñez